OPINIÓN. LA PRACTICA DOCENTE Y EL DOCENTE COMPROMETIDO parte ll. Por Juan Pérez Medina

El docente transformador no va a la escuela como una persona que vive de ella. Sino que va a ella para transformarla, para hacer de ella una posibilidad real de negar lo establecido. El docente que necesitamos debe llevar a cabo una práctica viva, integral, humana y cooperativa. Debe saber que en la escuela existen alumnos que no son iguales ni por su color, ni por la religión que profesa su familia y mucho menos por su situación económica. En la escuela se muestra la sociedad tal y como es, llena de contrastes y desigualdades. El docente debe ser consciente de ello y actuar de tal manera que combata desde el primer día esos lastres. Los más vulnerables deberán ser los primeros siempre y contarán con el auxilio especial del maestro. No es en la escuela donde se resolverá la lucha de clases, pero el docente habrá de trabajar para desvelarla junto con sus alumnos, haciendo que los principios de cooperación y solidaridad sean el caudal que motive las relaciones interpersonales. El trabajo con la comunidad en ese sentido es primordial y requerirá de todo el conocimiento y la experiencia del docente.

Si bien tuvimos una escuela rural ejemplar en muchos sentidos, ahora es la escuela neoliberal la que impone condiciones al aprendizaje. Sus postulados devenidos de una visión altamente individualista, discriminatoria, consumista y enajenante han hecho que hoy muchos de nosotros justifiquemos esta situación por el grado de profundidad que esas ideas han alcanzado en el sistema educativo, a través de los diferentes agentes fácticos o como lo diría Altusser, los aparatos ideológicos del estado; pero sobre todo, a través de los múltiples y permanentes cursos, seminarios, talleres, y posgrados que los maestros desarrollamos a partir de la gestión del sistema en lo que se ha dado en llamar los programas de formación continua de los maestros en servicio, que son un elemento distorsionador de la realidad pedagógica y un abono fértil para imponer su discurso educativo.

No había aquí la idea de dar un buen consejo, ni mucho menos. No cabía desde un comienzo la pretensión de decirlo todo en tan poco espacio, que para ello se requiere todo un tratado. Tampoco hubo la intención de desmenuzar a detalle lo que es la práctica docente; lo que he dicho aquí es solamente unas ideas sueltas de lo que considero que es la práctica docente de un maestro para el cambio y la emancipación de los trabajadores y sus familias. Es poco, pero es mi entendimiento.

Está de nuevo hoy la oportunidad en el país de asumir, como no pasaba en muchas décadas, un programa educativo construido desde abajo, de manera participativa y con el apoyo de la experiencia de la academia y, fundamentalmente, de los maestros.

Las expectativas son muchas. El gobierno ha anunciado una serie de iniciativas que sin duda ayudarán a mejorar la situación del sistema educativo, como lo de mejorar la infraestructura de los planteles escolares y dotar de alimentos a las escuelas donde los alumnos son más vulnerables, el gran programa de becas de estudio y la insistencia de que ahora sí, los maestros serán tomados en cuenta, tal y como reza el Artículo Tercero Constitucional.

Pero la definición de lo que habrá de caracterizar esta nueva etapa seguramente depende en gran medida de la práctica docente. Del trabajo en el aula y de su proyección y orientación.

Primero habrá que dar singular importancia al empuje de innovar en la escuela y los métodos de aprendizaje; segundo, es necesario fortalecer el aprendizaje solidario, cooperativo, integral, inclusivo y de atención a nuestra identidad y unidad nacional; tercero, se necesita sepultar las prácticas pedagógicas tradicionales, memorísticas, cuadradas y antipedagógicas y, cuarto, es indispensable que la práctica educativa se salga de los cartabones de la escuela del siglo XX que respondió a una circunstancia y, en gran medida cumplió su papel y avanzar hacia una escuela de trabajo en equipo, de promotora de la inventiva y la iniciativa de los alumnos, que fortalece los lazos comunitarios, que utiliza los avances informáticos para innovar en la enseñanza y que evalúa el aprendizaje desde nuevos paradigmas donde la aplicación del examen tiende a desaparecer, se desvanece por innecesario y antipedagógico y es sustituido por las actitudes, la innovación, la acción responsable con la vida y nuestro habitad y que de manera cotidiana aprenden con todos y en su entorno.

En este nuevo marco referencial de la escuela, los sistemas informáticos son esenciales en el proceso enseñanza/aprendizaje, por lo que dotar de ellos a todas las escuelas comenzando en preescolar, se vuelve elemental y básico.

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