OPINIÓN. EL ESTADO AL QUE LLEGAMOS. Por Teresa Da Cunha Lopes

 

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Resumen: Nuestra democracia ha perdido el alma porque le falta consciencia social. Lo que pasa por política, regresó a su creencia fundamental: a la “política como espectáculo”. Si ayer éramos los “herederos de Marx y de la Coca-Cola”, hoy somos la personalización del desencanto y del compromiso

Morelia, Mich., 11 de abril 2017.-Nuestra democracia ha perdido el alma porque le falta consciencia social. Es una sociedad en que asistimos a una “inflación” del derecho penal (mal entendido como instrumento de represión política de la oposición política) y a un “déficit” de ejercicio de derechos fundamentales. Nuestro “Estado de Derecho” es sui generis. El estado dejó de proteger para perseguir. Dejó de proporcionar seguridad para propagar temor. Dejó, en definitiva, de operar político-sociológicamente para se transformar en una enorme (y compleja) red de corrupción.

No se trata de un fenómeno local, no se trata de una manifestación regional. Es el estado al que llegamos a nivel mundial. Es la era de la “deconstrucción” del orden civilizador del Derecho internacional aplastado por la pinza Trump-Putin. Es el mundo del delito tributario imperfectamente definido y penalizado que permite la evasión y lavado de dinero en conocidos paraísos fiscales. Es el cotidiano de la corrupción política, enfermedad que achaca el cuerpo político. Es la generalización de lo políticamente arbitrario y discriminatorio. La “ley” de la selva aplicada al trabajador. La ejecución extrajudicial elevada a paradigma de “pacificación social “.

Entramos en un círculo vicioso que nos remite a un problema técnico, que es también político: el problema de la legalidad.

Asistimos así, a la “legalización” de la militarización de la seguridad pública, a la creación de áreas grises de impunidad, a la instalación de gobiernos operados por personas que representan a grupos de interés y no a la ciudadanía que votó, a la continuidad de “dinastías” que operan con la lógica de la camorra, a la instalación de la manipulación informativa bajo discursos pseudo-moralizantes. Sufrimos bajo una ley penal-policiaca de un estado que defrauda las expectativas racionales de la ciudadanía. Somos gobernados por individuos que se autodenominan como entes que fueron capaces de superar la

antítesis derecha-izquierda, esa cuadratura del círculo que olvida que el único movimiento que se presentó así fue el fascismo.

En consecuencia, lo que pasa por política, regresó a su creencia fundamental: a la “política como espectáculo”, a los escenarios tradicionales de las iglesias y de los palenques. Con ello, tratan de convertir al pueblo en una masa hipnotizada que no tiene otro papel que lo de emitir, cada tres, cada seis años, su sufragio en el ritual “festivo” electoral.

Así, pues esta “democracia”, tal como el hombre, ha pasado por diferentes “edades de la vida”, está hoy en la fase de la senilidad esclerótica que oscila entre regímenes de opresión, que imponen la alienación política y estados de apatía política, fruto de la despolitización, de la renuncia a la participación política. Si en mayo del 68 éramos los “herederos de Marx y de la Coca-Cola”, hoy somos la personalización del desencanto y del compromiso.

Este es el estado al que llegamos.

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