CRÓNICA: «YO QUERÍA QUE NOS FUÉRAMOS TODOS; QUE TERMINARAN LOS PROBLEMAS»: NOEMÍ

POR ANDRÉS RESILLAS (SEGUNDA PARTE)

Noemí tomó el domingo pasado como otro cualquiera.

Estaba tan sumida en sus problemas maritales que no se percató que era la noche previa al Día de Reyes Magos.

Acudió a misa con sus dos hijos de ambos sexos en la capilla de Villas del Pedregal. Regresó a casa, en la calle Circuito H, les dio de cenar a los pequeños y les ordenó irse a dormir.

Como a las 11 y media de la noche Noemí entró al cuarto de los niños; hizo un espacio en la parte baja de la litera y se acomodó junto con su hija. Cerró la habitación por dentro, con seguro, para que no fuera abierta por fuera.

Pasadas las 12 de la noche José, el esposo de Noemí ya había llegado del trabajo; prendió la televisión y trató de descansar luego de haber cumplido su jornada en la Policía Michoacán.

Minutos después vio salir del cuarto de los niños a Noemí. Ella fue al sanitario y de regreso se quedó parada en la puerta mirando a su esposo. José sintió la mirada dura y fija de su cónyuge. Por primera vez en los 12 años de casados José se atemorizó con el gesto de su mujer.

Y es que desde hacía varias semanas Noemí ya sabía que José la engañaba con otra mujer; era una compañera de trabajo, es decir, policía. Había un serio conflicto entre ellos; no se hablaban y ya los pleitos habían llegado incluso a la amenaza de muerte.

Pasaron los minutos. Cuando Noemí vio que sus hijos dormían, tomó un cuchillo, se sentó en las piernas de su pequeña hija y comenzó a cuchillarla. Estaba tan fuera de sí, que no se percató que en unos cuantos segundos le había propinado 39 heridas, la mayoría de ella en el pecho, que le provocaron una muerte casi instantánea.

A las 12 y media de la noche José escuchó gritos en el cuarto de los niños. Su hijo pedía auxilio y le gritaba a su mamá que no matara a su hermana.

José quiso abrir la puerta del cuarto de los niños; se dio cuenta que estaba con seguro por dentro y le dió de patadas hasta derribarla.

José quedó atónito con la escena que vio. Su hija estaba en un charco de sangre sobre su cama; su hijo forcejeaba con su madre y había logrado arrebatarle el cuchillo.

Siendo policía, José sometió fácilmente a Noemí; le gritó a su hijo que aventara el cuchillo por las escaleras de la casa. Tomó su celular y marcó al 911.

Una patrulla de la Policía Municipal hacía su rondín por Villas del Pedregal y recibió el reporte. La agente Valeria respondió que estaban cerca. Cuando llegaron al domicilio el hijo del matrimonio, con las manos manchadas de sangre les abrió la puerta y les indicó que en el segundo piso estaban sus papás y su hermana herida.

José gritaba desesperado.

«¡Pidan una ambulancia, mi hija está herida, por favor, rápido, se está muriendo!

Cuando llegaron los paramédicos sólo confirmaron la muerte de la niña y atendieron las heridas del otro pequeño. No había más que hacer.

Noemí no decía nada. Tenía el gesto adusto y los ojos muy abiertos. La mirada la tenía perdida.

Agentes de la Fiscalía del Estado arribaron al lugar y fueron notificados del deceso de la niña, por lo que se ordenó el levantamiento del cuerpo. En la planta alta de la casa, los peritos encontraron tres cuchillos; uno de ellos tirado en la escalera con manchas de sangre.

La tragedia se había consumado.

En sus declaraciones, el hijo relató a la policía lo sucedido y con toda su inocencia, les dijo que su mamá había querido matarlos a su hermana y a él.

 

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