OPINIÓN. LA CONDICIÓN DE LA QUIMERA. Por Julio Santoyo Guerrero.

Debe reconocerse que las reservas de popularidad del presidente son sólidas y amplias, aunque ya con abolladuras. Tan es así que ha resistido los malos resultados que en materia económica y de seguridad se arrojan a un año de portar la banda presidencial. Un electorado ávido de transformaciones se resiste a creer que las cosas puedan ir mal. No se abandona la esperanza luego de años de decepciones y de hartazgos.

Sin embargo, los hechos están ahí. Apenas si con la intensa propaganda oficial se logra contener la caída en la percepción pública de que los resultados no son los que se prometieron ni los medios el camino que se había alumbrado. La marcha de las instituciones, cada vez más pasmosa y menos protagónicas en los asuntos que les corresponden, obsequian su luz a un sólo personaje: el presidente de la república, quien por obvias razones no puede asumir con eficacia la dirección de todas.

Las fórmulas maravillosas que se ofrecieron en la contienda electoral para resolver los grandes problemas que aquejaban a los mexicanos y por las cuales la mayoría de los electores otorgaron su voto se vienen quebrando al paso del tiempo. La seguridad no quedó atendida ni en el primero ni en el sexto mes, antes se agravó; la economía ni siquiera mantuvo el cuestionable 2% de crecimiento anual de los gobiernos previos; los militares no salieron de las calles, todo lo contrario se formalizó su permanencia en ellas; el sistema de salud público vive momentos críticos muy lejos de la aspiración nórdica prometida; la educación, por ley, ha sido entregada a los sindicatos, como lo hubiera aplaudido Carlos Jonguitud Barrios; el deporte abandonado a las migajas de los remates públicos; la ciencia y la cultura borradas de las prioridades como se reclamaba.

La capacidad propagandística que pueda tener el gobierno para compensar malos resultados con abalorios ideológicos: el fin del neoliberalismo, el combate a la corrupción, la Cuarta Transformación, nunca será suficiente para sobreponerse a una realidad que está pegando en la seguridad de las personas y en la mesa de cada familia si la economía sigue en caída.

Está visto que el presidente no tiene la menor intención de emprender un proceso de autocrítica de cara a los resultados de su primer año de gobierno. Su guión no tiene alternativas, va de frente y en ello, de manera poco prudente, emplea la fortaleza y amplitud de su popularidad. Sólo hay una excepción, un factor que sí ha podido modificar la orientación de su política ─que no ha sido ni la oposición, ni el poder legislativo─, ese factor es Donald Trump. Él logró que modificara su política migratoria y convirtiera a la frontera sur en el muro que necesitaba para frenar el flujo migrante; probablemente logrará que modifique la estrategia de abrazos y no balazos por algo más tangible y del agrado de Washington.

Le alcanzara para más tiempo el manto de popularidad si el presidente replanteara su política en aquellas áreas donde son evidentes los malos resultados. Corre el riesgo de que asuntos como la economía y la seguridad se conviertan en ácidos que disuelvan con rapidez la fe que amplios sectores le profesan. Su gobierno, electo dentro de los marcos de la democracia, no podrá estar exento de las tendencias en América Latina, de pérdida de confianza a la que arriban los ciudadanos luego de vivir los gobiernos, sean del color que sean.

Sin embargo, el punto por el cual podría desbordarse la tensión política en los próximos meses y por el cual caminarían múltiples fuerzas, políticas y civiles ─Morena incluida─, tiene que ver con el personalismo presidencial. La concentración del poder, bajo un esquema absolutista, que deja en calidad de caricatura al presidencialismo del siglo XX, excluye y acota a protagonistas vitales de la sociedad y del sistema político mexicano que continuarán chocando con el ejecutivo, adelgazando en extremo la atmósfera democrática nacional. El control de las instituciones autónomas y el desdén a la participación civil independiente corta peligrosamente los vínculos de confianza entre sociedad y gobierno. Vínculos que no pueden ser sustituidos por la sola participación partidaria, el corporativismo clientelar de los programas sociales y la propaganda oficial.

El segundo año de gobierno el presidente seguirá una ruta inevitable en la que el acento será puesto en los resultados. En este camino tendrá grandes dificultades para que la opinión pública avale como causas permanentes el argumento de las culpas del pasado y los abalorios ideológicos no tendrán mayor efecto. En una de esas la gente volteará y reconocerá que tal narrativa son simples cuentas de vidrio. Está obligado, pues, a obtener resultados efectivos, no tiene alternativa o toda la cuarta transformación tendrá la condición de la quimera.

 

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