ARTÍCULO DE OPINIÓN. MÁS CIENCIA, MENOS POLÍTICA. Por Teresa Da Cunha Lopes

 

Hemos entrado, definitivamente, en lo que el presidente de Alphabet, Eric Schmidt, llama la era de la inteligencia. Las sociedades están hambrientas de ciencia. Hartas de disparidades que son innecesarias y perpetúan injusticias.

Sin embargo, el culto de la ignorancia, el anti intelectualismo y la negación de la Ciencia, como arma política de los populistas, son el grande flagelo de esta década. Es de terror observar cómo los ” independientes ” se apropian de los más retrógrados discursos pseudo – religiosos para captar votos y como atacan a la Ciencia e ignoran la técnica en sus “programas”.

Frente a la ignorancia de los políticos y de los legisladores sobre las cuestiones científicas y ante el peligro que constituye su desconocimiento del poder de la Ciencia para enfrentar los retos actuales, los ciudadanos deberían exigir la creación de una tercera asamblea “constitucional” formada por representantes de los institutos de punta en investigación y desarrollo y de las empresas tecnológicas. Órgano, no sólo consultivo, si no con poder decisorio sobre materias prioritarias tales como, energía, medioambiente, robótica y nanotecnología, sociedad de la información, investigación científica y seguridad nacional en materia de definición y protección de la infraestructura crítica nacional.

Esto parecería una propuesta de sentido común, en un momento en que la Ciencia ha hecho la demostración de que puede disminuir el número de muertes en momentos de catástrofes naturales y preparar las sociedades para los cambios inevitables en áreas estratégicas , tales como la administración científica del agua, la transición a la “revolución verde”, la difusión de técnicas de inmunización avanzada, el fortalecimiento de la Red de Sistemas de Alerta Temprana contra la Hambruna(FEWS NET), la transformación de las estructuras de producción con la robotización y la Inteligencia artificial, las soluciones globales para el mantenimiento sustentable del Estado del Bienestar, etc., etc.

En su contrario, la corrupción política continúa matando a millones de individuos y la ignorancia se apodera de los espacios de poder, dónde las voces que tienen la opción de legislar y de firmar iniciativas y presupuestos, continúan negando el cambio climático,

recortando el financiamiento en educación e investigación, posponiendo las medidas duras de fomento de energías limpias, limitando los apoyos a los programas estratégicos de Ciencia y Tecnología, olvidando los incentivos fiscales para la instalación de “clústeres” y reforzando (en vez de eliminar)las barreras a la libre circulación de ideas y personas.

Las consecuencias fatales de estas “opciones” basadas en paradigmas del pasado y en la ignorancia de las posibilidades tecnológicas presentes y futuras son plenamente visibles en tiempo de huracanes, cuando el cuidado con la historia de la deuda y con las debilidades estructurales deberían materia de análisis y de implementación de políticas (científicas) públicas de prevención, corrección y ataque.

Pero, en su contrario, lo que tenemos son presupuestos omisos en materia de programas públicos diseñados para la sociedad de la información y la “era de la inteligencia”, realidades inaceptables y enfrentamientos por la educación pública. Esto, cuando los datos refutan las ” narrativas” políticas y, por veces la evidencia “mediática” no es evidente.

En este contexto, la quimérica búsqueda de populistas razonables es un fracaso tanto a la izquierda como a la derecha. Así que de lo que tenemos que hablar es de la importancia de reconocer los errores y recentrar nuestras opciones en las voces sensatas (que no siempre son las que parecen serias).

Adoptar la ciencia debería ser el paradigma central de las campañas para el 2018. Las revoluciones científicas fueron siempre centrales en las transiciones políticas y en el desarrollo de las sociedades.

La democracia fue posible por la prensa, la revolución industrial por la máquina de vapor, y regiones enteras se libraron de las hambrunas por el aumento de la producción agrícola con la introducción de nuevas tecnologías.

Cuando urge buscar soluciones a algunos de los problemas más difíciles del mundo, estas no se encontrarán ni la oratoria del populista ni, seguramente, en la ignorancia del sectario. Es mucho más probable que se encuentren, al menos en parte, en tecnologías nuevas que pueden resolver problemas viejos aparentemente irresolubles durante siglos y eliminar

riesgos nuevos, para los cuales las burocracias no tienen respuesta.

Pero, para tal es necesario trabajar desde la Ciencia, con los científicos e investigadores. Abrir las puertas de los espacios de poder y dar voz a los institutos y estructura de I&D. Eliminar la pseudo-Ciencia y el miedo social a la tecnología. O sea, no se puede trabajar ni con el rechazo de la Ciencia inscrito en el discurso de las sectas, que ahora salen al campo de la contienda política con “independientes” broncos y “partidos”medievales ni con la simulación de pasarelas de “académicos” oriundos de la grilla de los portales.

Es tiempo de más Ciencia y de menos política. Salvar las sociedades y salvar al planeta.

Salvar el planeta no hundirá a las economías. Negar el cambio climático y la urgencia de transiciones tecnológicas a las energías limpias, a la sociedad de la información y a la inmersión en la “era de la inteligencia”, si nos arrastrará a la destrucción de la economía. Abandonar el falso confort del carbón y del petróleo es urgente. Eliminar las estructuras de redistribución de la pobreza, también. Los objetivos del milenio no son una retórica vacía, sí una ventana de oportunidad para crear nuevas industrias, nuevos puestos de trabajo y, contrariamente al mito conservador, la única opción viable para crear polos regionales de desarrollo.

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